Mi hijo mayor de cuatro años y medio quiere para Navidad una varita mágica. Pero no cualquiera le sirve, quiere una que haga magia de verdad.
Varias veces traté de convencerlo -para que luego no se decepcione- que tales varitas no existen pero el no entiende razones. Cierra los puños, agita los brazos -haciendo honor a su herencia italiana- y con los dientes apretados exclama "sà existen".
Los dĂas pasaban y no habĂa forma de que Ă©l entrara en razĂłn, hasta que me topĂ© con la respuesta. Resulta que al niño le decimos que escriba una carta y que dicha misiva se envĂa luego al Polo norte, le contamos que ahĂ la recoge un sujeto viejo y gordo de barba larga completamente vestido de rojo que fabrica los regalos de todos los niños del mundo y encima los reparte todos a la misma vez en un trineo tirado por renos, ¡por renos!. Para peor, dos semanas despuĂ©s vienen los tres reyes magos desde Oriente montados en camellos, ¡en camellos! y hacen el mismo recorrido desafiando todas las leyes de la fĂsica.
Frente a tamaña farsa, ¿cĂłmo no va a ser posible la existencia de una varita mágica que haga magia de verdad?. Esto en la mente del niño es perfectamente posible. El está en lo cierto, y yo estoy equivocado. DeberĂa decirle la verdad y listo, el tema es que al otro dĂa se enterarĂan sus primos y compañeros de jardĂn. ¿Que deberĂa primar? ¿Respetar a los hijos y decirles la verdad siempre o respetar las tradiciones ajenas?.
Dejo planteada la reflexión y espero que dentro de unos años, cuando mi hijo sepa la verdad, la lea y me comprenda.
Dejo planteada la reflexión y espero que dentro de unos años, cuando mi hijo sepa la verdad, la lea y me comprenda.

